El cine es un espejo

Raúl Ortiz Mory

Rams, el valle de los carneros

rams

 

El cine islandés ha despertado gran interés entre la crítica y la audiencia en el último lustro. El reconocimiento obtenido por sus producciones en festivales ha hecho que el pequeño país nórdico llame la atención, más allá de los tópicos basados en su eficiente educación, la magia musical de Björk o la sorpresiva participación futbolística de su selección en la última Eurocopa.

La cinematografía de Islandia tiene un sello que absorbe la idiosincrasia de su pueblo, el clima y la geografía que la gobiernan, y la mirada de su gente acerca del mundo más allá de los mares que la rodea. En el 2013, dos películas – Of Horses and Man y Ferox- sorprendían por abordar dos temas completamente distintos pero que compartían un enfoque melancólico de la existencia humana. En el primer caso, un drama rural con cuotas de humor absurdo que narra la relación entre un hombre y su caballo; mientras que en la segunda película, desarrollada en la ciudad, podemos apreciar la historia de un adolescente que busca vengar a su hermano muerto en un ejercicio que combina drama y thriller. Sparrows y Fusi, ambas de 2015 y galardonadas en importantes festivales europeos, también son buenos ejemplos de propuestas narrativas que emocionan.

Podría decir que Rams: el valle de los carneros va más allá y mezcla géneros de una manera consistente permitiendo conocer un lado escondido e imprevisible del hombre nacido en la ruralidad isleña. Esta película, que ganó en el Festival de Cannes el premio Un Certain Regard, sitúa su historia en una localidad ganadera afectada por un virus que empuja a sacrificar a todas las ovejas y carneros del valle, contra la voluntad de los criadores. Gummi y Kiddi son hermanos y poseen uno de los linajes más selectos de ovinos de la región. Lo particular es que hace 40 años no se hablan –solo se comunican a través de un perro-. Sin embargo, la desastrosa situación los llevará a aliarse con tal de salvar a sus adoradas especies.

(Mira aquí el trailer)

Rams es una buena excusa para que su director, Grímur Hákonarson, exponga temas como el arraigo social, la identidad nacional y el acervo cultural. Sin embargo, lo que a fondo puede parecer el retrato sociológico de una nación ignota, también corresponde a la exposición de una historia de personajes mínimos que concentran sus existencias en actos monótonos (alimentar el ganado, quitar la nieve de los caminos, reunirse en un bar con los amigos, dormir y despertar temprano, etc.) sometidos a la presencia de la naturaleza.

Los paisajes encuadrados en planos panorámicos donde prevalecen las níveas montañas azotadas por vientos que hacen temblar todo a su paso, influyen en la personalidad de los protagonistas dejando un halo de quietud que se transforma alcanzando dinamismo cuando el ganado se ve en peligro. ¿Qué tanto puede afectar el sacrificio de los ovinos a los dos hermanos? Demasiado, porque la crianza de los animales no representa una motivación económica. Es la vida misma para los hombres del campo. No saben hacer otra cosa. Sin esa actividad se consumen en el desamparo, en el descontrol de sus calculadas existencias. Dos escenas son realmente conmovedoras: ante la llegada del servicio sanitario para el sacrificio de los animales, Gummi se anticipa y asesina a todas sus ovejas. “A mis ovejas, las mato yo”, llega a decir. La otra es cuando construye un pequeño corral en el sótano de su casa para esconder a sus animales. “Aquí nadie les hará daño”, replica a los bramidos con ternura.

Tanto Gummi como Kiddi son personajes contenidos y al parecer sin expresión. Hombres que se dejan llevar por lo que la naturaleza les depara. Eso los hace duros, reacios. Sus pequeñas victorias son triunfos épicos, como cuando Kiddi gana el concurso del mejor carnero de la comarca. Estos momentos –aunque parezcan insignificantes- son los que asoman como picos para mostrar la psicología de los protagonistas, acierto que el director maneja a lo largo de la película junto a otras situaciones. Rams es una cinta en que las montañas, la nieve y el viento juegan un rol fundamental, “hablan” más que los barbudos hermanos y establece una parábola de la lucha ancestral del hombre contra la naturaleza.

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