El cine es un espejo

Raúl Ortiz Mory

“The Wailing” y el cine de Na Hong-jin

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El debut cinematográfico del director surcoreano Na Hong-jin con The Chaser (Chugyeokja) causó una grata impresión en Asia, no solo para los amantes del thriller. Con el paso de los meses y la edición en DVD de la cinta, la crítica especializada de occidente pudo descubrir a un realizador con gran potencial narrativo.

Todo esto pasaba en el 2008. Eran años en que las producciones coreanas llamaban la atención por su calidad, frescura y originalidad, sobre todo porque estaban reinventando un género que una década antes en los Estados Unidos había gozado de apogeo con títulos como El silencio de los inocentes (Jonathan Demme, 1991), Seven. Los siete pecados capitales (David Fincher, 1995), o Sospechosos comunes (Bryan Singer, 1995).

El nuevo milenio reveló una película mayúscula que llegó desde Corea del Sur y sentó las bases del thriller asiático. Esta fue Oldboy (Pak Chan-uk, 2003), segunda pieza de la Trilogía de la Venganza, que arrancó elogios en cuanto festival se exhibió y que tuvo su mayor momento de gloria en el 2004 cuando recibió el Gran Premio del Jurado en Cannes y el galardón a la mejor película del Festival de Cine de Sitges. Asomaban nuevas miradas de nuevos realizadores desde muy lejos.

The Chaser

Na Hong-jin nunca quiso que The Chaser se parezca a Oldboy, ni él deseaba ser el nuevo Pak Chan-uk. Tenía 34 años y después de algunos cortometrajes apostó por un guión propio que materializó con buenos resultados. The Chaser se amolda a la norma que exige el género: una narrativa tensa que va dando giros argumentativos y que tiende al espectador una cuerda de complicidad obligándolo a pensar en los rumbos retorcidos que va adquiriendo la historia.

En una Seúl sórdida y espectral un preocupado proxeneta, expolicía, intenta averiguar por qué sus “protegidas” desaparecen. Cree que algún colega les ha hecho una mejor propuesta o, en el peor de los casos, se las han llevado por la fuerza. Ignora que un psicópata las ha secuestrado y asesinado sin dejar evidencia de sus atroces actos. Tras un encuentro accidental entre los dos personajes y un grupo de efectivos policiales, el asesino confiesa haber matado a las prostitutas y otras personas más, sembrando la duda acerca de si el hombre es un mitómano demente o un monstruo despiadado.

El proxeneta investiga por su cuenta y en muchas ocasiones se salta la ley sin importarle las jerarquías o los procedimientos. Na Hong-jin legaliza el trabajo sucio, quizá como respuesta a la burocrática estrategia o el ineficiente accionar de la policía a nivel institucional. Que un proxeneta saturado de vicios sea quien mejores deducciones vaya sacando conforme la película avanza dice mucho de la mirada del director sobre la autoridad de su país.

Las obras de Na Hong-jin no son copias de los thrillers americanos, cada vez más pobres en los últimos años, pero sí guardan una relación; sobre todo cuando se comparan a nivel de ritmo, clave intrínseca del género. La diferencia con Hollywood se sustenta en la revalorización (o más bien reutilización) de elementos propios de la cultura audiovisual asiática, especialmente derivados de la televisión: dramatismo desgarrado, empleo de niños en personajes relevantes, un contexto localista genuino. El director acopla todos los elementos y hace que su aparición en largometrajes sea bastante auspiciosa.

The Yellow Sea

En el 2010 Na Hong-jin regresó con The Yellow Sea (Hwanghae) y cosechó nuevos elogios en Europa. Sitges y Cannes volvieron a aplaudir de pie al realizador. En el festival catalán fue elegido como Mejor Director del certamen. Ahora la trama está ubicada en la frontera que comparten Corea del Norte, China y Rusia. Un taxista joven -ludópata y sin grandes perspectivas- incumple el pago de la deuda adquirida con la mafia local. El dinero prestado sirvió para obtener los documentos que su esposa necesitaba para trabajar en Corea del Sur. La mafia lo presiona para que abone el dinero o matará a su hija, a menos que cumpla un encargo: asesinar a un empresario.

Hasta aquí la historia es sencilla y hasta repetida: salvar a la familia de la amenaza delincuencial a cambio de un servicio criminal. Sin embargo, esa mirada de la pobreza y la marginalidad que divide a los habitantes de las dos coreas es atractiva. La marca de las fronteras es el freno para un mejor destino generando la formación de seres humanos duros y sin valores. La motivación del protagonista (poner a resguardo a los suyos) se mezcla con una situación de amor doliente que produce piedad. Es decir, el planteamiento sustentado en un escenario social de pesadumbre abre un camino atípico en las variantes del thriller.

Lo curioso es que desde el encuentro del protagonista con su víctima hasta el final de la película, parece que se contara otra historia. El trasfondo social se diluye y da paso a una serie de callejones sin salida donde cada personaje tiene razones suficientes para ser un asesino potencial. El baño de sangre no se hace esperar. Cuchillos y machetes se tiñen de rojo con tal frecuencia que al espectador no le da tiempo para reponerse de la escena anterior. La desesperación del protagonista se siente tan cercana que hasta los actos más crueles podrían ser justificados.

Hasta este momento ha transcurrido una hora de película (en total dura dos horas y media) y el guión empieza a convertirse en un juego de espejos donde nadie y nada es lo que aparenta ser (eufemismos aparte). Todo pasa tan de prisa que el espectador podría pedir una pausa para procesar las acciones y estaría en su derecho. La pesadumbre ahora es acción pura y de la mejor. Las escenas de lucha cuerpo a cuerpo y las persecuciones automovilísticas no tienen nada que envidiar a las que se graban en Hollywood. The Yellow Sea es una gran película, más allá de que su enrevesamiento por momentos la emparenten con Oldboy.

The Wailing

Seis años tuvieron que pasar para ver un nuevo trabajo de Na Hong-jin. The Wailing (Gokseong) cierra un círculo de suspenso al que se le agrega un toque nunca visto en los largometrajes del director surcoreano: el terror. Si en The Chaser la relación de un psicópata con un proxeneta se lleva las palmas y en The Yellow Sea un apostador reconvertido en asesino a sueldo tiene que lidiar con la mafia más violenta de oriente, en The Wailing el conflicto va más allá: un policía tendrá que darle pelea al mismo demonio a través de santería y actos de fe. Suena inverosímil pero no lo es.

The Wailing se aleja de la ciudad y se asienta en la marginalidad rural de Corea, un ambiente propicio para resaltar las viejas tradiciones que se nutren de la chamanería más burda y el espiritismo menos misterioso. El cineasta combina fórmulas de películas de temática zombie y posesiones demoniacas, para fortalecer una historia de suspenso que se mantiene con mucho equilibrio hasta el final. Para Na Hong-jin el terror es un género mayor que se revitaliza con sus habilidades para crear situaciones propias del thriller. Estamos ante un conjunto de elementos muy bien compensados que demuestra la madurez cinematográfica de su creador.

La trama va en este sentido: la llegada de un misterioso anciano japonés a un apacible pueblo coreano coincide con extrañas muertes y posesiones que experimentan los pobladores de la zona. Un policía, bastante torpe al igual que todo el cuerpo de policía del municipio, ve cómo su hija se transforma en un ser arisco y violento dejando atrás su carácter tierno e infantil. Todo cambiará cuando el policía descubra que en la cabaña del anciano, levantada en medio de un bosque, se practican rituales satánicos. Cual juego del gato y el ratón, el director vuelve a la intriga y no deja claro quiénes son los culpables de las desapariciones. Se reserva la sorpresa para el final sin hacer una película efectista.

Quizá The Wailing sea el producto que aleja un poco a su creador de los moldes tradicionales del thriller pero no deja de ser uno en sí. Esa precisión narrativa donde nada queda suelto y donde se ajusta el ritmo de las acciones con posibilidades de explorar lo más recóndito y podrido de la psicología del ser humano son los sellos del cine de Na Hong-jin. Ojalá sus trabajos tengan mayor circulación en la cartelera local y no se pierdan en la anécdota repetida de memoria que nos hace hablar sin haber visto algo de cine coreano contemporáneo.

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