El cine es un espejo

Raúl Ortiz Mory

The Ballad of Buster Scruggs

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Si Netflix saca la billetera y apuesta por un proyecto atractivo es muy difícil que un director se le resista. Realizadores con pergaminos destacables como Paul Greengrass (22 de julio), Noah Baumbach (The Meyerowitz Stories), Jeremy Saulnier (Hold the Dark), Bong Joon-ho (Okja) o hasta el maestro Martin Scorsese (The Irishman) han cedido a las pretensiones del gigante de entretenimiento vía streaming, que está empeñado en quitarse el rótulo de servidor con catálogo insulso para convertir una parte de su oferta en cintas de calidad que conquisten a la crítica.

En esa línea, uno de los fichajes más sonados de los últimos años fue el de los hermanos Ethan y Joel Coen. Los cineastas nacidos en Minnesota fueron contratados para realizar una miniserie de cinco capítulos que mutó hacia una película de dos horas y media que lleva por nombre The Ballad of Buster Scruggs (2018). Presentada como un libro de seis capítulos inconexos que cuenta las peripecias de singulares personajes clavados en el Viejo Oeste, la última pieza de los Coen tiene chispazos de genialidad que hacen recordar el nivel de sus mejores películas -sobre todo las que fueron rodadas hace dos décadas-, pero también posee vacíos que desesperan por su falta de contundencia y alargamiento innecesario de algunas situaciones básicas.

The Ballad of Buster Scruggs es un western que hace transitar sus tres primeros episodios por tabernas de mala muerte, bancos en medio de la nada y diligencias errantes. Cada uno de los episodios solo tienen en común actos violentos propiciados por un contexto donde la ley valía poco menos que nada y donde las armas medían la valentía o el descaro de los hombres. En consecuencia, la violencia, como estado natural, se justifica y alimenta la mayoría de las situaciones tornándolas sorpresivas, hilarantes, jocosas; sin embargo, midiendo el pulso de la narración también asoma, lentamente, un componente dramático de cuotas crepusculares que modifica el sentido de conjunto de la propuesta. Y eso no está mal: abre opciones inteligentes para seis historias donde reina la presencia del paisaje.

Respecto a esto último, los Coen introducen la geografía del oeste estadounidense desde una perspectiva estilizada que, a nivel de fondo, homenajea directamente a quien mejor utilizó los campos abiertos, las calmadas estepas o los desiertos asfixiantes: el mítico John Ford. Sí, The Ballad of Buster Scruggs es un elogio al espacio por donde transitan sus personajes, siendo los propios escenarios tan importantes como los pistoleros, cazarrecompensas, forajidos, aventureros o mujeres desvalidas que entran y salen de las historias. Otra referencia clara que se nota y se agradece es la alusión al spaghetti western, ese género cinematográfico tan viejo, sucio y bello. La violencia y el exceso que proponen los Coen, especialmente en cuatro de los seis episodios, están cubiertos por la sombra de Sergio Corbucci. Planos, movimientos y algunos diálogos recuerdan a Django (1966) y El gran silencio (1968).

Si hasta acá no tiene una idea de las situaciones ejes de las seis partes de The Ballad of Buster Scruggs, céntrese en lo siguiente: un pistolero de gatillo fácil y veloz (Tim Blake Nelson), aficionado al canto y al póquer, se bate a duelo contra temidos delincuentes; un asaltante (James Franco), que por robar un banco, se juega la vida en la horca como si esta fuese una moneda al aire; un muchacho sin brazos ni piernas (Harry Melling) que monologa largos discursos religiosos y que es explotado como atracción de feria por un empresario perdedor (Lian Neeson); un buscador de oro (Tom Waits, sí el gran Tom Waits)que pretende hacerse rico en el umbral de su existencia sin importarle nada; una mujer desamparada (Zoe Kazan, la mejor actuación de la película) que teme al destino, pero que más le teme a sus propias decisiones; y una pareja de cazarrecompensas (Brendan Gleeson y Jonjo O’Neill), de comportamiento ambiguo, atemoriza a tres pasajeros a bordo de una diligencia.

The Ballad of Buster Scruggs es una apuesta acertada de Netflix que va impregnada de la esencia de los hermanos Coen, caracterizada por un fino sentido del humor y una violencia directa que no asquea. Además, el reparto coral que la soporta interpreta a personajes extravagantes y entrañables. Si Netflix va a seguir por esta ruta, bienvenidas las películas por streaming.

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