El cine es un espejo

Raúl Ortiz Mory

Hellboy y la reina de sangre

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Cuando se anunció oficialmente que Hellboy tendría una tercera película, fuera de las versiones animadas, la alta expectativa que empezó a generarse por parte de los seguidores del demonio rojo fue semejante a la razonable preocupación, pero, sobre todo, al riesgo de no contar en la dirección con Guillermo del Toro, timonel de las dos entregas anteriores.

Que la nueva cinta basada en el antihéroe creado por Mike Mignola haya sido realizada bajo la supervisión de alguien que no sea el mexicano también ocasionó desconfianza. Del Toro delineó con firmeza el carácter fílmico de Hellboy, otorgándole personalidad y matices en un mundo donde supo encajar la perspectiva sobrenatural y las alucinantes distorsiones psicológicas de los nazis, siempre basado en el cómic de Mignola. Por ello, construir un Hellboy distinto y recargado suponía un desafío.

Neil Marshall, realizador que más aciertos ha encontrado dirigiendo algunos capítulos de series como Juego de Tronos, Westworld o Constantine, recibió el encargo de sacar adelante el nuevo proyecto. El resultado solo ha dejado en evidencia que la ambición de Marshall por brindar una película siniestra y desmesurada, que esté en sintonía con el terror sobrenatural potenciado a ratos por generosas dosis de gore, ha provocado un desbaratamiento mayúsculo en la identidad del personaje.

El argumento de Hellboy y la reina de sangre (2019) se centra en la historia de una bruja medieval, Nimue (Milla Jovovich), que fue mutilada por el rey Arturo, a modo de castigo por querer apoderarse de millones de almas inocentes. La hechicera juró venganza a razón de conquistar el planeta y poner a la humanidad a las órdenes de las fuerzas oscuras que comandaba. Siglos más tarde, la Oficina de Investigación y Defensa Paranormal (AIDP) y una secta de guardianes con influencias masónicas convocarán a Hellboy (David Harbour) para evitar el regreso de la maldición que lanzó el hada negra. El conflicto de Hellboy se asienta en que, quiera o no, su condición demoníaca lo acerca a los objetivos de la reina de sangre, mientras que su crianza desde la educación otorgado por humanos lo ha preparado para afrontar el mal. Una serie de nuevos personajes lo ayudarán en su misión, a la vez que un difuso suceso del pasado lo hará reflexionar acerca de su posición en la vida.

La historia es atractiva, pero Hellboy y la reina de sangre está muy lejos de las versiones que creó Del Toro, tanto en el tratamiento estético como en la destreza narrativa. El trabajo de Marshall se acerca a lo que pocos cineastas quisieran: el ruido apremiante y la mirada rocambolesca de Michael Bay y sus Transformers, por citar un ejemplo de trastorno cinematográfico. En lugar de que Marshall aproveche el conflicto del protagonista, afinando el pulso para dotarlo de perversidad o confusión, y explore una historia de múltiples dimensiones, termina convirtiéndolos -personaje e historia- en artificios planos, a partir de innumerables situaciones donde hasta los robots de Bay encajarían mucho mejor sin que nos cause estupor.

Hellboy y la reina de sangre es pura metralla sin proclama. Pertenece al conjunto de películas donde las acciones estrepitosas se imponen a las ideas, lo que a veces no supone un problema si solo buscamos una salida sencilla a la necesidad de recrearnos. En la película de Marshall esas acciones son tan artificiales que no se puede entender el motivo del absurdo que prima en su propuesta. El director ahonda en la obligación de mostrar, a fin de dar a entender, sin reparar en la superficialidad de los elementos que utiliza. Marshal olvida que su relato tiene que mostrar de forma lógica un discurso y tropieza con ideas desordenadas.

En Hellboy y la reina de sangre, la articulación del relato está erosionada por vacíos especulativos que, en lugar de generar interés o intriga, afecta seriamente a la estructura de la película y, en consecuencia, al resultado final. El paso de una secuencia a otra no acelera ni retarda las acciones posteriores, más bien rompe el sentido de transición e invita a ser testigos de una serie de desbarajustes que no ayudan a asimilar el contenido. Por otra parte, los mecanizados y poco creíbles efectos especiales o el ensañamiento hacia un personaje central que representa poco o nada, debilitan cualquier posibilidad de progreso en la trama.

Respecto al personaje en sí, el lugar que ocupa Hellboy en la historia, desde el punto de vista de los enunciados descriptivos, narrativos o dialogados, no muestra las necesidades psicológicas, afectivas o sociales que debería tener como eje de la trama, más aún cuando su origen, para él mismo, es difuso y hasta cierto punto traumático. La culpa no corresponde a David Harbour que hace lo posible por desplegar una interpretación decente. La nueva versión de Hellboy carga cuotas de humor disforzado y una desconectada relación entre padre e hijo. A ello hay que sumar los pésimos personajes secundarios: Nimue, la reina de sangre (Milla Jovovich), es la ridiculización perfecta de la maldad y ejemplar axioma de lo insulso; Trevor Bruttenholm (Ian McShane), es un padre sin convicción que no sabe justificar su decisión de dejar vivir a su hijo, Hellboy, cuando nació. La escena en que el demonio le pide explicaciones a Trevor tiene tanta emotividad como la de dos extraños que acaban de ser presentados.

Hellboy y la reina de sangre tiene innumerables carencias en tantos sentidos que fácilmente podríamos ubicarla en el purgatorio que habitan otras películas de superhéroes como Spawn (1997), El increíble Hulk (2008) o Escuadrón suicida (2016), a pesar de que Milla Jovovich diga y crea que la cinta de Neil Marshall será, en unos años, un clásico de culto.

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