El cine es un espejo

Raúl Ortiz Mory

Retablo

retablo

Segundo (Júnior Béjar) es un adolescente que vive con sus padres, Noé (Amiel Cayo) y Anatolia (Magaly Soler), en una zona rural de la sierra ayacuchana. Noé es un destacado retablista que enseña pacientemente a su hijo el oficio que le ha generado reconocimiento entre los pobladores de las comarcas vecinas. Segundo ama y admira a su padre, quien le aconseja para que en el futuro sea un hombre de bien. En uno de los viajes que padre e hijo realizan a la ciudad para dejar un retablo, Segundo descubrirá de forma accidental un comportamiento que Noé ha mantenido en secreto por mucho tiempo. Ello desencadenará un giro radical en la imagen que Segundo labró desde niño respecto a su padre.

Retablo, dirigida por Álvaro Delgado Aparicio, es una película que muestra la idiosincrasia de las comunidades andinas a partir de la disección de múltiples capas argumentales, sobrepuestas y encadenadas. El entendimiento de la masculinidad, el despertar sexual en la adolescencia, la preeminencia de la iglesia católica, la representación del matrimonio, y la ruptura familiar fortuita, son espejos de la vida rural que en el fondo guardan un doble rasero, respaldado por un componente natural que normaliza el machismo y la intolerancia.

La cosmovisión andina, sobre todo en las regiones rurales más recónditas, se sostiene, a nivel de vínculos familiares, en un modelo dominante que propicia en los niños la identificación fiel de los roles paternos y maternos como si se tratara de huellas indelebles. El cuestionamiento a estos preceptos, por parte de los menores, es casi nulo comparado al que sí podrían hacer los niños de las ciudades. Es decir, los niños y las niñas creen que deben ser como sus padres y sus madres por el sencillo motivo de que integran una línea de sucesión de varones y mujeres, respectivamente.

Un cambio en los roles cotidianos podría alterar traumáticamente la enclavada percepción que arrastran. Y eso es lo que sucede con Segundo, el personaje central de Retablo. Para entender esta conexión, el director orienta la primera media hora de la película en un sentido de armonía indestructible entre Noé y el adolescente. Las escenas en el taller del artesano, donde se demuestra el trabajo colaborativo entre los dos hombres, revelan una atmósfera sublime y paternal que se distingue por el sosiego de las acciones.

Sin embargo, en una sociedad como la descrita, la sexualidad es algo que solo puede aprenderse desde la experimentación y que no corresponde a una tarea activa de enseñanza en la relación de padres e hijos. Algo que parece imposible entre Segundo y su padre. La situación puede ser peor si el pensamiento tradicional que domina al muchacho adquiere sorpresivamente un cariz negativo que distorsione los patrones definidos por el entorno. En ese contexto, la homosexualidad es un tema inabordable que solo carga vergüenza y deshonra.

La identificación con la figura paterna hace que Segundo ingrese a un mundo de confusión y resentimiento cuando descubre que su mentor, guía y maestro esconde hábitos sexuales distintos a los que observa en su hogar. La sorpresa se extiende hacia su madre, pero la mujer, a diferencia del adolescente, es avasallada por el engaño y la traición. En un mundo donde ser gay equivale a convertirse en un marginal, el señalamiento desde todos los frentes predominantes -autoridades comunales, iglesia católica y fuerzas del orden- tiene un precio muy alto que transforma al ser cuestionado en un muerto civil. A pesar de todo, Segundo ama a su padre y sabe que no debe abandonarlo, por eso su golpeado lazo filial ensombrece cualquier razonamiento y lo lleva a tomar decisiones en las que enfrentará, en todos los sentidos, a cualquier imposición.

Retablo forma parte del grupo de películas que en los últimos cinco años ha despertado una mirada original y crítica en contrapeso a la oferta descartable que bajo un sintético traje de comicidad se ha adueñado de las pantallas. Junto a Wiñaypacha (2018), GenHi8 (2017), La última tarde (2016) y Rosa Chumbe (2015), la película de Álvaro Delgado Aparicio es una referencia de calidad cinematográfica que todos deberíamos agradecer. Y no solo por la inclusión de una temática que podría representar a una minoría o porque denuncie la intolerancia en la que vivimos. Se aplaude que existan películas como Retablo porque demuestran una sensibilidad artística que al cine de estos tiempos le hace falta.

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