El cine es un espejo

Raúl Ortiz Mory

Había una vez… en Hollywood

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En la soledad de un hogar que por las noches albergaba las presencias momentáneas de su madre trabajadora y su abuela alcohólica, el pequeño Quentin pasaba las horas mirando películas de todo tipo, incluso aquellas que para los niños de su edad estaban vetadas. Por ejemplo, no era usual que una conversación entre chicos de 10 años tuviera como centro de atención a La pandilla salvaje -el western crepuscular de Sam Peckinpah donde unos asaltantes son emboscados salvajemente y que en la escena inicial muestra a unos muchachitos, contemporáneos a Quentin, torturando a dos escorpiones en complicidad con unas voraces hormigas rojas-. En 1973, los niños podían descubrir la felicidad mirando programas familiares bastante inocuos. Sin embargo, Quentin empezaba a satisfacer sus gustos cinéfilos con producciones que desfilaban por géneros tan distintos entre sí que no se podía saber con exactitud cuál sería el siguiente título que elegiría. Películas hongkonesas de artes marciales, cintas bélicas contextualizadas en la Segunda Guerra Mundial, films de terror sobre criaturas monstruosas, y, especialmente, furibundos spaguettis western, conformaron el cóctel de preferencias del curioso niño. En los siguientes años, las nada convencionales experiencias familiares y su volátil entorno social, a caballo entre Los Angeles y Missouri, moldearon su visión del mundo, pero nada influyó más en él que su cinefilia. Esa nostalgia por la magia del cine de fines de sesenta e inicios de setenta podría percibirse como el espíritu que flota por los 165 minutos que dura Había una vez… en Hollywood (2019), su novena película, la penúltima de su carrera, según el propio Quentin Tarantino.

Desde las primeras escenas, Había una vez… en Hollywood se entiende como el viaje del infante Quentin a la época más entrañable que ha vivido. Por eso no sorprende que buena parte de los espectadores terminen desconcertados, y hasta molestos, al final de su visionado. Quizá lo que ellos esperan ver es algo que siga la tónica de Pulp Fiction, aquella película que la crítica aclamó en el Festival de Cannes hace 25 años. Un clásico noventero por excelencia. Otros, corren a las salas pensando que van a regocijarse en un estallido brutal de sangre y acción al estilo de Kill Bill, la obra que conquistó a un público más amplio y que definió la estética de futuros y malos imitadores. Tarantino no persigue la obra maestra a costa de las preferencias de otros. No coge la calculadora pensando en la cantidad de boletos vendidos. No está pendiente de las cinco estrellas que otorgan los críticos. Tarantino ha hecho las películas que le ha dado la gana y en el caso de su más reciente entrega, la que mejor lo conecta a su infancia y adolescencia. Había una vez… en Hollywood es el viaje interior de Tarantino a sus raíces, filiaciones, recuerdos y obsesiones cinematográficas. Se trata del trabajo donde homenajea y, sobre todo, prodiga una pasión inquebrantable a una época en que personajes y películas representaron -representan-, para él, la vida misma.

Tarantino también cree en el poder del cine y de sus alternativas para mirar, quizá trastocar por momentos, la injusta realidad de una manera más optimista. Los apóstoles chiflados de Charles Manson no tenían por qué estar en la vivienda de Sharon Tate para asesinarla junto a sus amigos, según el deseo del director reflejado en su film. Prefiere poner el pecho y ficcionar colocando a un actor mediocre de pocas oportunidades, Rick Dalton (Leonardo Di Caprio) y a su doble de acción, Cliff Booth (Brad Pitt) para enfrentar a los seguidores del orate mayor. Ese sentido de revancha ante la vida es valedero desde la ficción gracias a un amor inconmensurable por el oficio, por ponerse detrás de la cámara a fin de establecer puntos de vista alternativos (ya lo había hecho en Bastardos sin gloria), a pesar de todas las opiniones que la industria vierte en tiempos recientes, donde seguir maniqueas corrientes reivindicadoras es lo más cómodo. Tarantino ha dicho que es uno de los pocos realizadores que no hace películas para satisfacer el gusto de los productores y, paradojas del negocio, Había una vez… en Hollywood ha logrado recaudar más de 200 millones de dólares a la fecha. Tarantino es un romántico del cine que sigue enamorado de lo que hace y que no concesiona sus ideales artísticos, al igual que Ford, Hitchcock, Kubrick, Fuller o Eastwood y muchos otros cineastas. Entonces, ¿esta es la mejor película del estadounidense? No. Pulp Fiction y Jackie Brown (1997) se ubican peldaños arriba, en la cima de lo insuperable por múltiples razones que alimentarían el debate. Había una vez… en Hollywood tiene un nivel notable que se mide con Bastardos sin gloria (2009) y Kill Bill (2003, 2004).

Ese sentido de justicia que otorga el autor a los tristes acontecimientos descritos en la casa de Tate y Roman Polanski, a partir de la bidimensionalidad o relectura optimista de la realidad ejecutada por la dupla Dalton/Booth, también sirve para adentrarse en el mundo de los personajes de segunda fila que engendra Hollywood. Los dos protagonistas, perdedores por naturaleza, poseen una voluntad a prueba de todo. ¿Es tan difícil pertenecer al jet set de las figuras que iluminan la gran pantalla? ¿Puede la madurez de la vida precipitar y anteponer las prioridades artísticas? Había una vez… en Hollywood también es una hermosa historia de amistad entre dos hombres que ya no tienen nada que perder frente a un mundo maniatado por lo circunstancial, pero que se resisten a aceptar sus condiciones de secundarios en un ambiente de constante fugacidad. Di Caprio y Pitt firman actuaciones que destacan, mayormente, durante las secuencias que van cargadas de melancolía. El casi nulo recorrido de los espacios o la escasa utilización de la fisicidad en las escenas donde aparecen los dos actores representan un trabajo de introspección que encierra pesadumbre y desazón.

En la otra vereda está Sharon Tate (Margot Robbie). Tate es un personaje radiante, lleno de juventud y a la expectativa de grandes oportunidades. También es la representación de la estrella emergente que está por despegar y que no tiene límites. Tate es el cambio cíclico que deja atrás, en el hoyo del olvido y de forma inconsciente, a la generación anterior; sobre todo, a los que peor destino tuvieron: Dalton y Booth. La escena donde Tate ingresa a una sala de cine para ver la película que ella misma protagoniza es un acto sublime que Tarantino construye con suma delicadeza demostrando, una vez más, lo que significa el cine para él. Y si hay algo que Tate tiene en común con Dalton y Booth es que transitan por los mismos lugares con cómoda naturalidad. La pertenencia que sienten los individuos por la ciudad, en este caso Los Angeles, se sostiene en la recreación fiel de esa metrópolis que erige Tarantino. El director advierte que la ciudad es un personaje mayor que todo el tiempo condiciona a sus habitantes. Los Angeles (y los boulevares, las largas avenidas, Hollywood y los estudios de grabación), devora a su gente y la hace vivir a un ritmo acelerado. Tarantino refuerza la idea de la ambientación dotando de una capa fotográfica y un cuidadoso trabajo de vestuario y maquillaje que empatizan con la época en que desarrolla su historia.

Para Tarantino, Había una vez… en Hollywood es el eterno homenaje a sus referencias y un gesto de amor al cine. Para los cinéfilos, un exquisito banquete de metacine de claras conexiones entre el autor y su universo fílmico. Para un sector de los espectadores, una decepción. Para la historia del cine, la reafirmación de la genialidad de un director que, ojalá, no cumpla su palabra y siga haciendo más películas, siempre colgado de la mirada apasionada que proyectó desde niño.

 

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