El cine es un espejo

Raúl Ortiz Mory

Bronx

bronx

El fin justifica los medios. Así sean salvajes, inescrupulosos y crucen la línea de la ley. Aunque nada nueva, esa es la principal premisa de Bronx (2020), película del cineasta francés Olivier Marchal y que se ha convertido en una de las preferidas de los suscriptores de Netflix durante las últimas semanas. Una historia de narcos y policías que atrapa desde el inicio.

Marchal, antes de ser director de cine, fue policía durante 14 años; por ello, no es extraño que su paso por la fuerza del orden le provea vivencias suficientes para proyectarlas en la pantalla grande. Un logrado ejemplo de su capacidad para trasladar experiencias reales a historias de ficción es El muelle (2004). Este largometraje, elogiado por la crítica y los espectadores franceses, logró juntar en un formidable duelo actoral a dos titanes del cine galo, Gerard Depardieu y Daniel Auteuil, para desarrollar un filme con posibilidades que van más allá de las de un mero intento de neo noir.

Sin embargo, la carrera de Marchal ha tenido picos tan altos como momentos estrepitosos que es difícil entender cómo el realizador hace para lograr resultados tan dispares. Quizá la búsqueda de una identidad que reconfigure el género policial o la experimentación a partir de una propuesta que escape a los convencionalismos sean razones que lleven a Marchal a ofrecer trabajos diametralmente opuestos.

Bronx (2020), da la talla para encontrarse en el grupo de los trabajos aprobatorios de su creador. La vuelta al ruedo de los filmes policiales con una trama cargada de lealtades, traiciones, giros argumentales y muchas balas, hacen que alcance el nivel de ejercicio entretenido que se distingue por un ritmo que nunca decae y una serie de acciones encadenadas con eficacia.

Bronx mantiene una idea clara que ha marcado la propuesta de su director respecto a la construcción de sus personajes en varias de sus películas: se mueven por la escala de grises cuando tienden a ser juzgados por su maldad o su bondad. Aquí no hay héroes ni villanos. Todos miran sus intereses y están cogidos a la magnética red de la corrupción generalizada, sobre todo, en la institución policial.

Otra de las ideas que propone Marchal y que va consolidándose con verosimilitud a lo largo de las casi dos horas del filme es la conexión entre policías y criminales. Como si estuviera ejerciendo una relación simbiótica, hace que los hombres rudos de ambos bandos intenten saldar deudas morales que los atormentan, sin resultados positivos. Para el director, sus protagonistas son personas que se han dejado carcomer por el tiempo y la desidia, por la falta de ética institucionalizada y el afán de protagonismo individual.

Marsella es el telón de fondo y ciudad puerto que alberga el enfrentamiento entre dos bandas de narcotraficantes con nexos internacionales y que intentan burlar a las divisiones especiales de criminalística. Un escenario configurado para que la violencia sea tan común como las infiltraciones y soplos que distinguen a los grupos legales e ilegales. Marsella es dura, sus policías también, sus malhechores más. En Bronx nada es idílico. El tormento se instala en las razones y los sentimientos de cada elemento diseñado por Marchal.

Quizá lo único que se le puede reprochar a este efectivo producto de cine policial, fronterizo con el thriller, es el ligero abuso de vueltas de tuerca o subtramas que están mal cerradas o que son trabajadas superficialmente, circunstancias que pueden compensarse gracias al ímpetu de las escenas de acción. Por otra parte, las intervenciones de Jean Reno, Claudia Cardinale y un amplio abanico de actores más conocidos en los círculos televisivos y cinematográficos de Francia, da una idea de la ambiciosa propuesta de Netflix.

Olivier Marchal no es Jean Pierre Melville, ni Bronx es Le Samourai (1967). Es necesario hacer estas precisiones porque algunas voces distraídas intentan acercar al director y expolicía hacia el genio del polar -popular corriente del cine policial francés de los años 60 del siglo pasado-. Se trata de dos estilos distintos, de identidades originales que enfocan muy bien el cine noir. Melville es un esteta, Marchal se inclina por la espectacularidad. Bronx es una película que se disfruta, aunque sin mayores pretensiones.

 

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