Miércoles, 21 de enero del 2009

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La niñez, aquel preciado tesoro

*Por Ricardo Montero.*

Tal como dice una vieja canción: "No recuerdo cuando lo vi por primera vez". En fin, eso no es lo importante en esta historia, sino el detalle de la secreta admiración que en mi niñez sentía por un viejo camión.

Lo observaba detenidamente cuando pasaba por mi calle. Guardaba silencio para escuchar el ronco motor, y hasta era capaz de hacer callar a quienes me acompañaban. Ese ruido lo comparaba, en complicidad con la fantasía infantil, con los rugidos de Godzilla y otros grandes monstruos que aparecían en series japonesas transmitidas por la ahora difunta televisión en blanco y negro.

Me interesaba mucho ese vetusto transporte de carga, al que siempre veía grande, más que cualquier otro vehículo. Me llamaba mucho la atención el nombre que llevaba pintado sobre la tolva: "El Nazareno", entre franjas roja y azul. Ahora no podría explicar el por qué, aunque podría aventurar, a riesgo de decir un disparate, que quizá lo relacionaba con la poderosa imagen del verdadero Nazareno o, por qué no, con "El Nazareno", el título de una salsa bastante escuchada por la época rememorada.
 
Una tarde de verano pasó lentamente por mi calle, y sin que nadie se percatara lo abordé para ir de aventura y conocer un poco más de cualquier cosa. Oculto iba reconociendo a través de las rendijas de la desvencijada carrocería cada uno de los rostros de los amigos y también de los otros; cada una de las voces que gritaban mi nombre para que volviera al juego que había abandonado repentina y misteriosamente; cada una de las sonrisas y las muecas de pena.

También reconocía cada una de las paredes que pintaba (vaya presunción, cuando en realidad las garabateaba); cada uno de los huecos de la pista donde aprendí a patear una pelota de fútbol a costa de sortear grandes buses; cada uno de los techos escalados en el afán de pretender ser un descubridor. Todo estaba ahí, así como estaba "El Nazareno", un viejo conocido mío, también del barrio, y que ahora me conducía, muy despacio, a un lugar desconocido.

Aquel día la ciudad ardía no sólo por el calor propio de febrero, sino porque una vez más la población manifestaba rebeldía contra un general (aquel del Día de la Dignidad Nacional) que gobernó el país con mano dura. Pocos días antes de esta andanza se habían producido saqueos e incendios en Lima, y miles aún no se recuperaban de la muerte o desaparición de familiares en las refriegas. El ambiente aún destilaba peligroso. Mis padres y otras personas mayores me lo advertían, pero desoía las recomendaciones, ahora no sé con qué afán o curiosidad.

A pocas cuadras de donde me había encaramado vi una fila muy ordenada de soldados, y junto a ellos a civiles despeinados, desbotonados y algunos de ellos descalzos, pero todos agobiados por el intenso sol, pero sobre todo temerosos por el nada promisorio futuro que les esperaba. Un soldado que no llevaba el pesado casco de acero, sino una cómoda gorra -a lo mejor un oficial, no lo sé-, dio la orden de alto. El conductor obedeció y cumplió el ritual mecánicamente: dio su nombre, entregó documentos y, como no podía ser de otra forma, se puso a las ordenes del nada bien parecido custodio.

Yo no me oculté. La curiosidad me ganó, una vez más. Salí de entre las cajas donde me ocultaba para apreciar con más detalle la escena. Los soldados me sorprendieron cuando subieron a la plataforma de "El Nazareno". Uno de ellos, muy serio, pero seguramente con el mismo miedo de todos, me apuntó con su larguísimo fusil y me obligó a saltar a la pista. Uno a uno, primero los civiles y luego los soldados, treparon al camión que al poco rato se alejó más rápido de lo que había llegado a ese lugar. En la berma quedaron mujeres y niños que clamaban inocencia, y que mostraban signos de haber sido maltratados por los captores de sus familiares.

Emprendí el retorno a casa pensando en la mala suerte. Llegué, tomé abundante agua y miré a mi madre. No le conté lo sucedido. La desobediencia hacía que le temiera más que a los soldados.

Esta historia ocurrió en la década de 1970, y seguramente otras similares sucedieron antes y después... Cuándo, entonces, los niños del Perú han vivido sin violencia.
 

1 comentarios

#1 | 25/01/2010
Raúl

Es un buen relato. ¿Qué cuándo vivieron en paz los niños? Pues, nunca. Desde épocas inmemoriales, por ser los más débiles siempre han sufrido atropellos.

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