Desglobalización y ralentización económica después del COVID-19

A estas alturas de la emergencia nacional e internacional puede ser prematuro escribir del después de mañana. En el Perú las cuatro semanas de inmovilización obligatoria se extendieron a seis; sin embargo, hay que recordar que esta duró once semanas en Wuham. Hay quienes están discutiendo si el COVID-19 generará más egoísmo o solidaridad entre las personas. Es un tema complejo, ya que si bien las muestras de solidaridad se observa día a día; nuestras mentes guardan las imágenes de cadáveres depositados por sus familiares en las calles de Guayaquil. Antes de esta pandemia el neoliberalismo había reforzado el individualismo, el egoísmo y la formación de guetos. Es poco probable que esta tendencia disminuya. La fragmentación y disminución de la cohesión social podrían ser la norma del futuro, más en sociedades que no han construido ciudadanía.
Otra discusión es si el coronavirus modificará nuestro régimen de crecimiento económico en el mediano y largo plazo. Unos plantean que se está dando un duro golpe al capitalismo, otros lo contrario. Lo que parece más realista es que este régimen neoliberal globalizador está cambiando rápidamente y a la par abre nuevos espacios para sociedades-Estados que los quiera y pueda aprovechar. Estamos en tiempos convulsionados donde la esfera de lo social, económico y político no van en la misma dirección. Son momentos para analizar y replantear el estado de las cosas.

Burbujas y desintegración
La economía internacional no andaba bien antes de esta pandemia. Hasta hace un año la economía norteamerciana crecía por encima de su nivel estándar pero esa burbuja se desinfló rápidamente. La reducción de impuestos y la mayor relajación financiera perdieron impulso para cederlo a los problemas acumulados de sobre endeudamiento de personas y empresas, efervescencia de los mercado de valores, altos niveles de déficit público y disputas comerciales, entre otros, reseñados por Roubini y Rosa (2018). En el horizonte de largo plazo también dominaban las nubes grises. El paso de la edad de oro del capitalismo (entre los años 50 y 70 del siglo XX) al neoliberalismo (a partir de los años 80) significó no sólo mayores niveles de desigualdad, sino décadas con cada vez menor crecimiento en las economías desarrolladas a excepción de China y de algunas otras. Esta fue la regla a excepción de la última década del siglo XX y el primer quinquenio del siglo XXI.
La integración comercial de la economía mundial tampoco iba viento en popa. Desde la crisis financiera internacional 2008-2009 la relación entre el índice del comercio global y el producto mundial se estancó; el comercio internacional perdió ímpetu (Alarco, 2018). Las políticas proteccionistas de Trump, el Brexit y esa mirada hacia adentro de muchas economías incluida las de China redujeron aún más la importancia de este vinculo entre comercio y producto; afectando a quienes se habían articulado a esa dinámica y que no tenían la capacidad y habilidad para modificar su estrategia de crecimiento económico. Hasta la suscripción de nuevos Tratados de Libre Comercio impulsaban más comercio internacional pero con una tendencia decreciente.

La desafortunada visión estándar de que para promover más crecimiento económico se requiere reducir la participación de los sueldos y salarios agregó más leña al fuego. Si el consumo privado impulsado por los sueldos y salarios no era el motor; menos lo serían las inversiones que requieren de mayores niveles de consumo previo. Stockhammer (2012) señala que esa carrera por reducir la cuota salarial disminuye el tamaño del mercado global. La desglobalización estaba en marcha y la pandemia del COVID-19 distanciará más a las personas, los capitales y a los bienes y servicios que se intercambian internacionalmente.

Fuerzas impulsoras
La receta keynesiana de la política fiscal y monetaria anticílica fue útil para ser frente a la crisis de los años 30 del siglo XX y a la crisis financiera internacional 2008-2009 donde se minimizó drásticamente su impacto recesivo. Sin embargo, luego de diez años las economías desarrolladas continúan siendo adictas a las políticas fiscales expansivas y por ende se acompañan con importantes déficit fiscales y endeudamiento. Subsiste el problema de demanda efectiva o de sobreproducción como se le quiera denominar. El origen de este problema radicaría en seguir ignorando la tercera recomendación de J.M. Keynes (1936) de redistribuir ingresos a través de impuestos a los ingreso y a las herencias hacia los perceptores de menores recursos que tienen una mayor propensión a consumir. La omisión de estas políticas redistributiva es tema pendiente ante el agravamiento de la desigualdad económica en la mayor parte del mundo. Menos desigualdad equivale a más demanda y crecimiento económico, respecto a una menor demanda alimentada sólo por burbujas de corto plazo que revientan a la larga (Piketty, 2014).

La coordinación internacional de los diferentes gobiernos (especialmente de G20) y de las autoridades monetarias fue un elemento importante para la salida de la crisis financiera internacional 2008-2009. Todavía las coordinaciones han sido mínimas en razón a que en todas partes están enfrascadas en atender la emergencia sanitaria y la paralización de actividades. Por el momento todos miran hacia adentro; sin embargo, ya es tiempo en que estas deban iniciarse. Por otra parte, ya hay quienes discuten si luego de la actual caída la recuperación será rápida en forma de V o más lenta como una U. Al respecto, hay que anotar que a pesar de que la emergencia sanitaria en China tuvo una duración de casi un trimestre, la transmisión hacia el resto del mundo estuvo rezagada; de tal forma que es probable que la duración total de la emergencia sea de dos trimestres. La coordinación es fundamental para alinear, producción, demanda e ingresos en las diferentes partes del mundo. Asimismo, si las medidas de reactivación locales son exitosas es probable que esta sea en forma de V como la crisis financiera internacional, para después ralentizarse por los elementos estructurales antes anotados y las tendencias internacionales que se avizoran en el mediano y largo plazo.

Neoliberalismo cuestionado
La edad de oro del capitalismo y la fase neoliberal son regímenes de crecimiento económico diferentes. En la primera, el motor eran los sueldos y salarios y predominaban los balances entre ganancias-salarios y entre mercado-Estado. Su modelo, con variantes fueron las sociedades de bienestar occidental; mismas que se irradiaron a todo el mundo. En el modelo neoliberal los trabajadores son una pieza de recambio; mientras el crédito, las ganancias, las inversiones y las exportaciones son sus motores. Su principal fundamento son la amalgama de diversas teorías que colocan a la economía por encima de todas las otras ciencias y disciplinas, una práctica que circunscribe todo al quehacer del mercado y una ideología que la protege. Con estos elementos pareciera que la polémica entre los filósofos Slavoj Žižek (esloveno) y el coreano Byung-Chul Han sigue abierta. Ni el capitalismo recibiría un golpe mortal con el COVID-19, ni tampoco el capitalismo continuaría con más pujanza, salvo la variante china que mostró un éxito relativo contra la pandemia. En realidad lo que se está poniendo en cuestión no es el capitalismo en general sino el neoliberalismo en particular.

La desaceleración del comercio internacional y la desglobalización, donde contribuye el COVID-19, son duros golpes al neoliberalismo. Asimismo, las tendencias que muestran un crecimiento económico cada vez más reducido en un horizonte de mediano y largo plazo y los retos que se vislumbran para el futuro son el acicate perfecto para que se modifique al actual modelo de crecimiento económico. Quizás transitemos del neoliberalismo hacia diferentes variantes de capitalismo de Estado. Ni el capitalismo oligárquico ni el de grandes empresas o gerencial, o el de emprendedores (Baumol, Litan y Schramm, 2007) parecieran ser las modalidades adecuadas para el mañana. El reto demográfico, el rápido cambio climático, la destrucción de la biodiversidad, la crisis energética y el cambio tecnológico abonan el camino de la necesidad de una mayor presencia del Estado.

La elevada desigualdad en ascenso y la naturaleza de los cambios tecnológicos en inteligencia artificial y robótica, entre otros, coadyuvarían a reducir el contenido de mano de obra por unidad de producto. Existen diversos estudios que miden estos impactos al 2030-2035 mostrando un balance negativo en cuanto al empleo. Hay aportes significativos por el lado de la oferta, pero se desplazaría mano de obra agravando los problemas de insuficiencia de demanda efectiva. Ante ello no hay más respuesta que una mayor presencia estatal compensatoria para enfrentar la elevada desigualdad y los otros retos actuales y del futuro.
Estado y ciudadanía

Los países que tuvieron las mejores respuestas contra la emergencia sanitaria del COVID-19 han sido los que tienen Estados fuertes y más ciudadanía como China, Corea del Sur y Japón; efectivamente no se trata de los Estados grandes porque desafortunadamente varios de estos fueron los más golpeados: España, Francia e Italia. Ni que hablar de EE.UU. cuya respuesta fue tardía y desarticulada sin liderazgo interno y menos internacional. Todavía falta tiempo para establecer un balance definitivo en esta esfera; hay que esperar el diseño e implantación de las respuestas por el lado de lo económico.

Los países menos afectados fueron los que tienen más ciudadanos partiendo de la idea de que estos son los que respetan la regla de convivencia. En cambio los que tienen una ciudadanía precaria, con un tejido social fragmentado y poco sentido de pertenencia fueron de los más impactados. Más que el autoritarismo como modelo, se debe recurrir al republicanismo que descansa en el auto gobierno democrático, la ausencia de dominación y la virtud cívica concebida como la disposición del ciudadano a dejar de lado sus intereses particulares en aras del bien común. Las virtudes cívicas incluyen el ser tolerante, deliberar con los otros, ser solidario y actuar con justicia y autonomía (Richter Morales, 2019). Byung-Chul Han (2020) acierta cuando señala que la pandemia está poniendo en peligro al liberalismo occidental; pero ignora al republicanismo que es más antiguo en esta tradición donde la reflexión sobre lo político y el Estado, no empieza con el individuo sino que parte de la comunidad. Mientras que el liberalismo entiende al ser humano como sujeto de derechos, el republicanismo lo ennoblece como ciudadano que debe y quiere participar en la vida política y pública (Schaal y HeidenReich, 2016).

Efectivamente la desglobalización y la ralentización económica tendrán un severo impacto especialmente en las economías productoras de materias primas, como la nuestra. Sin embargo, el COVID-19 ha puesto en entredicho a muchas de las grandes y medianas potencias del mundo. Se abren algunos espacios y enseñanzas directas e indirectas. No sólo se trata de fortalecer de una vez por todas nuestros precarios sistemas de salud. Es la oportunidad para que algunas palabras tomen sentido real: planeamiento estratégico, proyecto nacional, transformación institucional, diversificación productiva, ciencia, tecnología e innovación, reducir las elevadas desigualdades y la transición ecológica, entre otras. Todas estas las tenemos que internalizar y llevar a la práctica a partir de la difícil realidad que nos toca enfrentar.

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