CALZONCILLOS Y NEVERAS. ¿CÓMO PENSAR FUERA DE LA CAJA?

Aquella calurosa tarde de verano y cuando los niños del parque vecino estaban metiéndonos una goleada de colosales dimensiones (de esas que apuntan a los dos dígitos), admito que, como dueño de la pelota, llevármela para dar por concluido el encuentro, distó mucho de ser una solución ajustada con los cánones deportivos. Pero, a los siete años ¿quién #@!#&%$ entiende lo que es un canon? En mi defensa debo decir que, a esa edad, cuando se trataba de salvar el honor de uno (y de los otros cinco jugadores del equipo que también se beneficiaban con la medida de fuerza) todo parecía válido, por más que no lo fuera.

Pero, los rivales de aquel día tenían su propia interpretación de los hechos y querían, a toda costa, consumar la masacre (sea en forma de goleada o de golpiza, lo que sucediera primero). Lastimados en su orgullo y como leones que son interrumpidos a mitad de un suculento festín, por unanimidad y en sindicato decidieron emprender feroz cacería abalanzándose contra su indefensa víctima (o sea yo), mientras que mis compañeros de equipo, con amigable cobardía, se limitaban a echarme porras animándome a salvar el pellejo.

Ante tan complicada situación, me decidí por una retirada estratégica (lo que sea que esto signifique) y huí raudamente, pelota bajo el brazo, de la escena del crimen mientras mis perseguidores hacían menciones nada honrosas a mi madre y a la suya (¡a la de usted no! me refiero a mi abuelita).

Exhausto por la maratónica escabullida, llegué hasta el patio trasero de mi casa y busqué asilo dentro de la vieja pero funcional nevera que mamá utilizaba para conservar las verduras y hortalizas. Ya en su interior, lechugas, apios, berenjenas y otros vegetales ahí congregados fueron mudos testigos de mi encierro. Rodeado de tanto verdor, de pronto, me sentí más vegano que una vaca. Fue entonces, que me puse a pensar fríamente (y lo digo literalmente, porque con 20 grados centígrados bajo cero a uno se le congelan hasta las neuronas). Analicé mi próximo movimiento y es que en aquella apretada reclusión no se podía mover ni la lengua (que también estaba congela). A los pocos minutos, calculando que la iracunda turba ya se había dispersado y cuando estaba a punto de convertirme en una genuina réplica del yeti, intenté una y otra vez abrir la puerta del metálico claustro. Mis esfuerzos fueron vanos. Había quedado atrapado dentro de la nevera.

Cuando por fin me extrajeron del gélido artefacto, ya estaba en modo pingüino y mi cabello había adquirido una muy coqueta forma de iglú. Recuerdo que fue un rescate “fulminante” y no lo digo por la tremenda bronconeumonía combinada con hipotermia y gripe aviar que contraje y que me enfriaron hasta el tuétano, sino más bien, por la forma en la que se esfumaron los ahorros de mamá cuando pagó la enorme factura del hospital, porque en aquella época y con ocho hijos a cuestas, mi progenitora se persignaba tres veces y le dejaba todo el trámite del seguro médico a Dios y a San Duchito.

“Pensar fuera de la caja” es uno de los estribillos más utilizados por los expertos en asuntos churriguerescos y encantadores de serpientes. No hay discurso magistral que no cite la mentada frasecita. Gracias a estas cientos de vacías peroratas, la aludida expresión ha devenido en un cliché cuya precaria utilidad está a la par de ponerle bolsillos a mis calzoncillos.

Ahora bien, sí usted se encuentra en medio de una tediosa exposición, está más aburrido que calvo en peluquería, la barriga le suena como si tuviera a la Filarmónica de Londres dentro de ella y -pese a que no cabe ni un alma más en el auditorio- siente un salvaje deseo de quitarse zapatos y calcetines para rascar frenéticamente su pie de atleta (llamado así porque es la única parte de su cuerpo que hace ejercicios), le dejo un infalible tip que puede utilizar para producir el adelanto del coffee break o incluso provocar la clausura inmediata del evento con todo y entrega de diplomas por más que falten cinco horas y media para su final oficial. Para lograrlo bastará con preguntarle al orador de turno lo siguiente: “Estimado maestro y guía espiritual, ¿cómo puedo salir de la caja?” Hacerlo, equivaldrá a pedirle que resuelva la Conjetura de Collatz utilizando un miserable ábaco. Con este consejo usted no tiene pierde.

Pensar fuera de la caja es solo una metáfora que refiere al uso del pensamiento no convencional, aquel que se caracteriza por ir contra el colectivo de ideas y creencias que el grupo social acepta como verdaderas por más que no lo sean. Nosotros no vemos el mundo de acuerdo a lo que es, sino más bien, de acuerdo a como lo percibimos desde nuestra propia nevera. Esta percepción se encarga de filtrar y simplificar la compleja realidad en función de nuestras limitaciones sensoriales y cognitivas.

carita feliz

Antes de leer este párrafo, por ejemplo, usted sacó como errada conclusión que el dibujo que está en la parte superior es una cara feliz. Pero, la figura únicamente muestra un par de ceros y una línea curva debajo de ellos. A este efecto se le conoce con el nombre de pareidolia, la interpretación de estímulos desconocidos utilizando patrones conocidos que tenemos registrados en nuestra mente. El ser humano interpreta la realidad a través de su propio sistema de creencias y no de acuerdo a la realidad en sí misma. Igual ocurre en el mundo de los negocios donde la mayoría de las decisiones se sustentan más en las creencias de la industria que en la misma realidad del mercado.

Poseemos un variopinto abanico de creencias como las que afirman que el cielo está arriba de nosotros, que no hay nada más veloz que la velocidad de la luz, que el desayuno es la principal de las comidas, que nadie puede hacer quebrar a la Coca-Cola o a Amazon, etc. Todas y cada una de las irrefutables creencias que hoy forman parte de nuestra realidad, algún día, alguien las convertirá en obsoletas y es que todavía no caemos en la cuenta que nuestra percepción de la realidad está permanentemente atrapada en la nevera de nuestros paradigmas.

Las nuevas ideas no se crean, se descubren fuera de la caja. Por años, la comunidad internacional de astrofísicos ha tratado de explicar la causa del errático comportamiento orbital y gravitacional de ciertos objetos rocosos de nuestro Sistema Solar asumiendo como hipótesis la existencia de un gigantesco cuerpo, llamado “Planeta Nueve”. Muchos recursos han sido utilizados para encontrar sin éxito este planeta que se calcula posee una masa 10 veces superior a la del nuestro. Pero, afirmar que el origen de esta perturbación es un enorme planeta limita las opciones de búsqueda y nos encierra en la nevera. Recientemente, unos científicos cuestionaron el argumento y plantearon que el posible origen de esa alteración podría ser un agujero negro del tamaño de una bola de boliche, que por sus dimensiones tendría la misma masa que el enorme planeta. Aunque esta es también una hipótesis, el mérito está en haber sacado de la inercia el pensamiento colectivo de esa comunidad. Pensar fuera de la caja es aprender a cuestionar lo que ya existe dentro de ella para descubrir lo que existe en su exterior.

Salirse de la caja no implica tener que entrar en otra. El modelo “Open Office” u oficina abierta se remonta a los primeros emprendimientos, en Silicon Valley, que funcionaban en los ambientes de las casas de sus fundadores en las que obviamente no existían las divisiones que poseen las oficinas convencionales. Pero el éxito no se debió a una fórmula milagrosa que convertía a quienes trabajaban en esos ambientes abiertos en seres más eficientes y creativos. Lo que sucedió es que muchos de los primeros usuarios de estos espacios tendían con innata naturalidad a aislarse, ser muy reservados y enfocados en una o dos tareas muy especializadas, de tal forma que al colocarlos accidentalmente en estos espacios los obligó a socializar y ser más permeables acerca de sus hallazgos. Esto no funcionó para los negocios tradicionales cuyos trabajadores no suelen tener problemas de socialización. Las miles de empresas que lo adoptaron tuvieron resultados negativos incluyendo baja productividad y disminución de las interacciones cara a cara. Salir de una caja para entrar en otra es una idea nada rentable.

Pero, ¿cómo pensar fuera de la caja? Apliquemos dos simples reglas utilizando para tal fin una situación hipotética de la industria de los calzoncillos. Los historiadores señalan con acuciosa exactitud que dichas prendas fueron inventadas sólo Dios sabe cuándo, por sólo Dios sabe quién. En un principio, fueron fabricadas únicamente de color blanco, como si hubieran sido diseñadas para competir en Wimbledon, hasta que a alguien se le ocurrió la gran idea de teñirlas de colores oscuros. La comercialización, en ese entonces, se hacía estrictamente por unidad por lo que el comprador usaban la misma prenda hasta que éste se apiadara de la nariz del prójimo más próximo o hasta que los calzoncillos aprendieran a caminar por sí mismos (cosa que solía ocurrir a partir del tercer día del encierro).

Pero los tiempos cambiaron. Las actuales reglas de urbanidad e higiene estipulan que todo calzoncillo (incluyendo el popularísimo modelo mata-pasiones), deba ser lavado inmediatamente después de su uso diario, a no ser que usted sea fiel seguidor del “consumismo” (con-su-mismo calzoncillo todos los días de la semana). Pero, esta última gracia podría costarles incluso el cambio de su estado civil: porque sí usted está casado, lo divorcian ipso facto y sí está soltero, lo cazan del verbo “eliminarlo de la faz de Tierra por pestífero”.

Regla I: Para pensar fuera de la caja, primero debe conocer lo que hay dentro de ella. Esta es la regla de oro del pensamiento divergente. Toda industria está construida sobre paradigmas y creencias que la definen como tal. Las casas tienen los jardines en su exterior y las habitaciones en su interior, las lavadoras de ropa utilizan agua para el lavado, los automóviles se mueven sobre neumáticos, etc. Usualmente, ni productores, ni consumidores tienen incentivos suficientes como para salir de sus respectivas neveras. Tal vez, en la industria de los calzoncillos, el principal de todos sus paradigmas sea que todo calzoncillo se ensucia y por lo tanto hay que cambiarlo diariamente. Las implicancias para este sector son importantes: Por un lado, el consumidor estará dispuesto a comprar varias unidades a la vez y, por otro lado, el fabricante tiene todos los incentivos para comercializarlos en paquetes de cuatro unidades de tal forma que el usuario se vea obligado a comprar al menos dos de éstos para usarlos durante la semana. Existe una excepción: ¡algunos usuarios no los ensucian jamás!, pero para que esto suceda uno debe tener complejo de Batman que es uno de los pocos idiotas que conozco que se ponen los calzoncillos encima del pantalón.

Regla II: Una vez conocido todo lo que hay dentro de la caja, sálgase de ella y ¡voilà! Si toda la industria piensa y actúa en función unas prendas que requieren del cambio diario, bastará que usted comience a pensar en función de unas que no lo necesiten. Por ejemplo, unos calzoncillos que nunca se ensucien. Usted no necesita tener la solución física para comenzar el proceso innovador. Es suficiente con producir, en un inicio, una idea divergente y diferente a las que ya existen. La cuestión técnica la arreglará posteriormente, ya sea con una fibra a la que no se adhiera la suciedad u otra alternativa que cumpla con ese objetivo.

CALZONCILLO SUCIO

Mencioné que ni productores, ni consumidores tienen incentivos para salirse de la nevera de sus creencias y es que al hacerlo tendrían que enfrentar nefastas repercusiones. Entre otras cosas, lanzar un producto de estas características, por ejemplo, afectaría impresionantemente las ventas de los productores que dejarían de vender paquetes de cuatro unidades para reemplazarlos por los de una sola pieza. Los consumidores, por otro lado, tendrían que enfrentarse a un cambio de hábito (y odian hacerlo) y a un cambio de creencias (que también odian hacer). Esto ocurre porque pese a que usted ha pensado fuera de la caja, el resto de personas sigue pensando dentro de ella y lo que diga o exponga les sonará como si un chino estuviera explicándole la inmortalidad del mosquito a un irlandés.

Los cimientos de toda innovación están justamente en la capacidad de pensar fuera de la nevera porque sólo así podrán crearse nuevos conceptos que después tendrán que ser validados por quienes aún se encuentran dentro de ella. Entonces, a usted no le quedará más remedio que aprender a traducir sus nuevas ideas a un lenguaje que pueda ser entendido por su encajonada audiencia. Pero esto ya será materia de otro artículo porque hoy me toca aseo y debo ir a lavar mis cuatro calzoncillos.

AVISOS PARROQUIALES:

Primero: En homenaje a que Esan Business School, editor de mi libro en el Perú, ha sido reconocido como la tercera más importante escuela de negocios de Latinoamérica de acuerdo al prestigioso QS Global MBA Ranking 2020, voy a obsequiar 5 ejemplares de la segunda edición de “Mirando los Negocios al Revés” entre los lectores que entren al link de abajo, le den un ME GUSTA, COMPARTAN el artículo y dejen escrito un ejemplo simple de lo que es para ustedes salir de la caja. Además, entre quienes participen tendremos un webinar gratuito de innovación para 100 personas para que realmente conozcan lo que es innovar. Este es el link:

https://www.linkedin.com/pulse/calzoncillos-y-neveras-c%25C3%25B3mo-pensar-fuera-de-la-caja-boza-olivari/?trackingId=9CIllaUVQdKZzHZ5EpfE2Q%3D%3D

BONO EXTRA: Debo confesar que en más de una presentación me he puesto los calzoncillos encima del pantalón pero conste que fue con fines netamente altruistas.

CALZONCILLOS MEJOR

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