Riesgos Financieros

Gregorio Belaunde

Debilidad Institucional y Riesgo País a Setiembre 2021: Y se sigue empeorando

Desde mi post del 1ero de Agosto del 2021, desgraciadamente se van acumulando los motivos de preocupación. Mi interrogante sobre cuándo las clasificadoras nos bajarían la nota país tuvo rápida respuesta con la baja de la nota por parte de Moody’s. Aunque sea cierto que también se la bajaron a muchos otros países de la región en el contexto de la crisis del Covid, el argumento no es convincente, por el “timing”: sucede cuando ya el país empezaba la recuperación de ese shock, y cabe anotar que ni siquiera con el Congreso anterior destructor de las finanzas públicas, en lo peor de la crisis del Covid, tuvimos esa baja. Y hay que seguir mirando más allá de los análisis de las clasificadoras internacionales, que también tienen sus limitaciones (siendo su enfoque esencial la capacidad de pago actual y futura de la deuda soberana). Veamos:

 

Si uno lee además al detalle el informe de Moody’s, queda muy claro que de manera diplomática se nos dice que el problema es este gobierno en específico, aunado quizás a la narrativa del inexistente fraude (aunque ya se ha visto que ese asunto sólo ha calado en una pequeña minoría, entonces no es un factor decisivo). Así como varios expertos en temas cambiarios, entre ellos el Presidente del BCR, han advertido que el elevado tipo de cambio actual no se justifica por los fundamentos económicos y financieros subyacentes. Cuando se habla de “polarización política” desde el exterior, hay que tener cuidado porque el lenguaje usado suele ser bastante diplomático y eso no quiere decir que haya necesariamente dos bandos enfrentados. Puede también significar que se tiene un Poder del Estado que busca polarizar al máximo. Antes fue el Congreso, o más bien los dos Congresos sucesivos, como lo vimos en los 5 años anteriores con los resultados que conocemos, pero visiblemente no el actual, en todo caso por ahora. Ahora es obvio que es el Ejecutivo.

 

La búsqueda de la polarización por parte del Ejecutivo se nota a través de demasiados signos. Habiendo tanto personal político de izquierda con perfil realmente democrático y a la vez competente en los aspectos técnicos de gobierno, salvo algunas excepciones, se escogió poner al mando a un Premier de un partido cuyo objetivo declarado es la instalación de un régimen no democrático que se quede para siempre y a diferentes personas afines a SL y sus organismos satélites o simpatizantes de éste, como el mismo Premier. Las manifestaciones de complacencia respecto de SL han sido múltiples. Una de ellas es la que consiste en buscar confundir, bautizando “terrorismo de Estado” a las violaciones de derechos humanos que se hayan producido por sectores de las fuerzas del orden durante los años de violencia terrorista, una puesta en equivalencia totalmente inmoral, destinada en realidad a relativizar los crímenes de SL y del MRTA, como si estos no hubieran atacado en realidad a la sociedad entera. Hablar de “todas formas de terrorismo” en abstracto sin nombrar a esos dos grupos es otro de esos trucos. El que se pueda discutir de manera válida si el Grupo Colina podría considerarse de esa manera, y el que ahora parezca asomar la posibilidad de un terrorismo de extrema derecha, algo nuevo que tiene que ser vigilado con mucho cuidado, no puede ser usado para confundir sobre la realidad de lo sucedido, y para falaces revisionismos históricos, y sobre las complacencias muy concretas al respecto (que no excluyen declaraciones que suenan falsas por no ser las espontáneas o ser contradichas por acciones concretas).

 

Otra es la manera cómo un ex mandatario foráneo más que comprobadamente hostil al Perú (lo que incluye un llamado a la guerra interétnica en el 2009 y relaciones directas con “gobernadores” satélites) hace lo que le da la gana en el país, promoviendo iniciativas sobre el destino nacional como si fuera el co-gobernante del Perú y usando hasta lenguaje que usurpa la calidad de peruano (releer bien cierto discurso en Arequipa), y con el beneplácito del Ejecutivo y del partido que lo apoya. Más polarizador y provocador que eso, imposible, y lo peor es que nadie se indigna; o sea poco importa convertirse de facto en un apéndice de un país mucho más chico que al comienzo fue territorio arrebatado al Perú en función de los intereses de un caudillo de alcance latinoamericano. Es lo que se llama caer bien bajo.

 

La estrategia de polarización parece estar funcionando, puesto que tenemos de manera creciente a un partido supuestamente de izquierda democrática (tal vez su dirigencia no lo fue nunca en realidad) cada vez más alineado al que tiene como objetivo una dictadura revolucionaria eterna. Y a un buen porcentaje de la población, aunque felizmente no mayoritario, al cual todo lo arriba descrito parece importarle un rábano. Eso me recuerda los altos índices de aprobación al “autogolpe” de A. Fujimori en el 1992. Los tiempos de fuertes crisis se prestan a ese tipo de reacciones de la población; ha pasado en tantos países tantas veces….En el caso del Perú, la inestabilidad política desencadenada sobre todo por dos partidos en el 2016, cada uno con sus intereses propios (con exclusiones aberrantes para las elecciones, y un sabotaje sistemático después), más la enorme crisis social desatada por el Covid 19, aparte de problemas estructurales acumulados en el funcionamiento del Estado, siendo la mal llamada “descentralización” (en realidad balkanización o desintegración progresiva del Estado) un factor agravante, han llevado a esta situación. No es una sorpresa que los que están ahora en el poder busquen acentuar la desintegración de las capacidades del Estado democrático, su funcionamiento normal no les interesa, así como les importa un comino que se nos baje la nota país (“pelotudeces capitalistas” para parafrasear a uno de sus más eximios representantes, que hablaba de “pelotudeces democráticas”); están en otras cosas, es obvio, su lógica es muy diferente, y hay que reconocerles un fuerte grado de inteligencia en su cometido, así como su máximo mentor foráneo es sin duda un gran estratega político, que ha sabido explotar un momento de máxima debilidad institucional del Perú, como supo hacerlo un cierto Mariscal que lo partió en dos en el siglo XIX, que fue un además un gran estratega militar que llegó a ocupar regiones de Argentina. Lástima que en el Perú no hayamos tenido en esos momentos (el del pasado y el de ahora) a gente del mismo nivel de pensamiento estratégico que sus enemigos. Quizás el país esté pasando por un momento psicológico parecido al de la Guerra con Chile (un desastre entre sometimiento, divisiones estériles e intereses variopintos, salvo algunos destellos), pero esta vez sin una sola bala disparada; cabe hacerse la pregunta

 

Hablando de polarización, el fenómeno que se produce ahora en torno al actual Presidente, en que a gran parte de la población poco le importa lo que haga o no haga o con quien se junte, aparte de recordarme el fenómeno Trump (como él mismo dijo, podía asesinar a alguien en pleno Nueva York, y en público, y la gente seguiría apoyándolo; tuvo razón, ver el éxito de sus mentiras sobre el fraude en EE.UU.), me recuerda mucho no sólo el que se produjo en la época de A. Fujimori: a demasiada gente poco le importa que co-gobierne con los que ya sabemos y hasta en veneración de un exmandatario enemigo del Perú (esto ya más parece un triunvirato que una dupla), así como a casi nadie le importó durante años que se tuviera entonces en el poder a una dupla con un ex capitán expulsado del Ejército por traición y luego abogado de narcos. También me recuerda cómo en los tiempos de la polarización del 2016 al 2020, demasiada gente se alineó fanáticamente con la peor mafia judicial que se haya tenido en el país, porque le convenía a un par de líderes políticos que representaban lo más corrupto en décadas, todo en nombre de una adoración cuasi-religiosa a una líder política, y de un macartismo de una imbecilidad absoluta (todo aquel que no estuviera a favor de dicha mafia judicial era un “caviar” o un “rojo”). Como lo han observado varios analistas, a fuerza de llamar “caviares” o “comunistas” o “terrucos” a gente que manifiestamente ni siquiera es de izquierda, o como máximo de centro-izquierda, se perdió totalmente la capacidad de hacer notar al gran público que había un verdadero peligro de extrema izquierda totalitaria en el Perú. Nadie le cree nada a esos macartistas primarios, salvo una pequeña minoría convencida.

 

Otro factor grave es la narrativa, sea falaz sea de “toma de deseos por realidades”, según la cual Abimael Guzmán murió derrotado: ¿de qué derrota se puede hablar cuando se tiene de nuevo a miles de jóvenes adoradores, y a miembros de organizaciones satélites y simpatizantes de su pensamiento entrando al Estado y copándolo de a pocos o tal vez rápidamente, y a tanta gente cayendo abiertamente o a través de malabares intelectuales en la falsa equivalencia con las fuerzas del orden? Pero si el mismo AG dijo que lo que no se logró por medio de la “lucha armada” se podría lograr mediante otras técnicas de apariencia pacífica; no se puede decir que no anunció lo que buscaba con franqueza, así como no se puede decir que el Sr. Cerrón no anuncie sus objetivos con mucha transparencia. Resulta más bien preocupante la ceguera o sordera, o falta de comprensión lectora voluntaria, de algunos.

 

Si a ello se añade que en el Congreso se tiene a un supuesto Centro con demasiada gente de escasas convicciones democráticas (las universidades “bamba” y diferentes actividades ilegales, como en el “transporte público” parecen ser un elemento central a la vez unificador y de acuerdos con el régimen actual) y que se va formando una tendencia de extrema derecha, mezclada con elementos brutalmente racistas y de nostalgias coloniales, que le hace preguntarse a uno si pronto no tendremos  en el Perú un equivalente de lo que fue “Patria y Libertad” en el Chile de Allende o la Triple A en Argentina (se empieza con acosos en los domicilios y otras técnicas de intimidación; cuando hay impunidad, en general se va más lejos, hasta mucho más lejos), hay como para preocuparse. Más destrucción institucional, sobre todo desde el Ejecutivo (aunque el Congreso actual podría imitar también a los dos anteriores), y más violencia política parece por el momento el camino que se está siguiendo.

 

Habría que añadir que los discursos en foros internacionales como la OEA o la ONU, por muy bonitos que suenen, muchas veces traducen más el profesionalismo de funcionarios diplomáticos y/o económicos que las convicciones del que los pronuncia: demasiadas veces se ha visto en esos foros a tiranos de lo más sanguinarios hacer buenos discursos. Que exista una gran distancia entre esos discursos afuera y lo que se hace en casa es desgraciadamente algo muy habitual.

 

Y que habría que vigilar de cerca la supuesta “venta de alimentos” del Perú a Venezuela anunciada por Maduro. Si recuerdan el post ya mencionado, alerté acerca de posibles tentativas de transferir indebidamente fondos públicos del Estado peruano a uno de los países quebrados de esa órbita. No vaya a tratarse de eso: una de las técnicas más usuales de desvío de fondos es el pactar ventas a crédito que nunca son pagadas (igual con ciertos créditos). Así como la curiosa aparición en tiempo récord de medios adictos al régimen actual, lo que no deja de recordar a la aparición de los diarios “chicha” en los tiempos de la dupla Fujimori-Montesinos (con imaginativa creatividad para los nombres incluida); supongo que esta vez las técnicas de financiamiento público serán más hábiles que el descarado desvío de fondos de las FFAA.

 

Salvo alguna buena sorpresa, que parece cada vez más lejana, porque era tan fácil darla con un buen gabinete desde el 29 de Julio (no faltaron consejeros bien intencionados de gran calibre para ello), por ahora el país parece muy mal orientado. No quisiera caer en el pesimismo sistémico de un César Hildebrandt, quien, a mi parecer, a menudo exagera. Por ejemplo, la baja de la nota país no impidió a ciertos países seguir teniendo buena acogida en los mercados de capitales. Colombia, la cual está a punto de lanzar sus primeros “Bonos Verdes” soberanos, es un excelente ejemplo de ello. El Perú logró varias emisiones exitosas con buena tasa en los momentos más difíciles de los “Congresos destructores”; sería interesante ver si es capaz de hacerlo ahora, aunque la enorme reducción de la inversión privada (se tiene que comparar con el 2019, una comparación con el 2020 es poco seria) no tiene nada de alentador. Aunque desgraciadamente, es muy probable que a los únicos a los que les interese ese tema en este gobierno sea al Sr. Francke, y al Canciller.

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