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Oscar Sumar

El blockbuster de Indecopi

Algunas veces me toca escuchar o leer que vivimos en una país con Economía “neoliberal”. Pero esto no solo no es cierto, sino que exactamente lo inverso: vivimos en un país donde la gran mayoría vive en la paradoja de, por un lado, disfrutar de los beneficios del mercado; pero, por otro, odiar con toda su alma cualquier cosa que tenga que ver con la libertad de empresa. Esta gran mayoría ha celebrado la resolución de Indecopi que ordena a los cines no prohibir el ingreso de comida a sus salas (que, en el fondo, significa una regulación de precios encubierta), como si fuese el gol de Farfán contra Nueva Zelanda. Algunas ideas:

 

sin resolución

Muchos ya dejaron caer sus caretas: “fallas de mercado”, “falta de competencia”, “bienes esenciales”, “servicios públicos”, “mandato constitucional”; para argumentar de manera pura y dura contra las instituciones básicas de una economía libre en los siguientes términos: “precios muy altos”, “abuso de los empresarios”, “derecho a elegir libremente” (¿quién te obliga a ir al cine y en particular a ese cine?).

En Perú, constitucionalmente rige el principio de subsidariedad, según el cual la intervención del Estado está subordina al libre mercado. Es decir, solo puede intervenir el Estado cuando el mercado tenga alguna falla o por un bien social superior: ¿cuál es el bien social superior en el caso de los cines? ¿Cuál es la falla de mercado?

Personas sin ningún conocimiento en Economía (e incluso algunos economistas que parece que nunca entendieron nada de sus clases) argumentan que los precios son muy altos. Para comenzar, los precios no son muy altos, ni muy bajos, son solo datos de la realidad. Nos dicen cuánto está dispuesta a pagar una persona por un bien. Nada más. Pero si queremos explicar exactamente a qué se debe el precio del popcorn en el cine, existen algunas explicaciones: por ejemplo, es posible que se deba a una “discriminación de precios”.

Antes de que salten, no tiene nada que ver con “discriminar” en derechos humanos. La discriminación de precios es una técnica comúnmente usada por empresas para poder fijar precios  de manera eficiente. Es decir, cobrándole más a las personas que están dispuestas a pagar más y menos a las que solo comprarán el producto si cuesta menos. ¿Cómo se discrimina? Por ejemplo, ¿han pensado alguna vez por qué las farmacias hacen descuentos especiales para viejitos? ¿O algunas páginas Web hacen descuentos para compras online? Los viejitos y los que navegan en Internet tienen algo en común: tienen más información sobre precios que el resto, por eso son más “sensibles” a las ofertas.

En el caso del cine: puedo suponer que una persona que solo va y ve su película sin mas, no es un usuario “afanoso” del cine, versus uno que va y nunca se pierde comprar la canchita y gaseosa gigante. Ese es un amante de la “experiencia completa” de ir al cine y por lo tanto un potencial “pagador” del precio “total” de la entrada (que se termina de cargar en el precio de la canchita). (Primero leí sobre esto en el libro de difusión “El Economista en Pijama” de Steven E. Landsburg).

En suma, no es que la canchita cueste tanto más, es que existen dos precios de ir al cine, uno de los cuales se termina de cargar a través del precio de la canchita. Un ejemplo más parecido sería la discriminación en el caso de servicio de cable: básico (100 por 50 canales), premium (200 por 60 canales). ¿Diez canales extra realmente valen (en términos de costos) lo mismo que los primeros 50? No, probablemente cuesten menos, pero es una técnica de discriminación de precios para identificar a los “heavy users” que quieren la “full experience” del cable.

El precio de la comida en el cine no se explica porque los cines tengan poca competencia: existen muchas alternativas de cines o sustitutos del cine. Tampoco con una especie de “monopolio geográfico” dentro de los cines. Uno es libre de no consumir canchita dentro o de buscar opciones que sean más baratas en otros cines.

Sin embargo, una explicación alternativa podría estar en una falla (misperception) de los consumidores asociada al “fraccionamiento” del precio de ir al cine. Podría argüirse que uno se fija en el precio de la entrada, pero es más difícil comparar precios de entrada + comida, desde que la comida recién se adquiere en un segundo momento (Van Boom, Willem H., Price Intransparency, Consumer Decision Making and European Consumer Law en J Consum Policy, N° 34, 2011, p. 364.). Esto, dificultaría la competencia en el mercado de cines.

Esta segunda explicación, sin embargo: 1) no es ni siquiera mencionada por Indecopi como una justificación de su decisión (presumo que no tienen idea del tema); 2) no ha sido estudiada en lo más mínimo en este caso; y, 3) aun si fuera cierta, no justificaría una regulación de precios como la que ha hecho Indecopi, desde que el “paternalismo” se entiende siempre como una justificación débil para la regulación que nunca llevaría a la conclusión de que se deben regular los precios, sino a lo mucho la manera en la que éstos se presentan a los consumidores (Breyer, 2005). ¿Por qué menciono esta posible falla del mercado si me parece que al final de cuentas no altera el caso? Porque creo que es honesto intelectualmente darles la pantalla completa, desde que no soy un defensor de los cines, sino una persona preocupada en que la regulación sea “racional”.

Ninguna justificación para regular, pero sí muchas para que los cines impidan la entrada de comida

Recapitulando, no existe ninguna justificación (económica o social) para regular el precio de las entradas a los cines a través de restringir su modelo de negocio. El precio de los cines se explica en gran medida por la “discriminación de precios”, que es una práctica no solo habitual, sino beneficiosa para las empresas, los consumidores y la sociedad en general. Podría argüirse que existe una potencial misperception en relación al precio de una entrada al cine (es la única justificación potencialmente técnica para la decisión de Indecopi), pero no existe evidencia sobre esto, no fue argumentado por Indecopi y menos aun llevaría (aun existiendo) a la regulación de precios.

Por el contrario, los cines tienen muchas justificaciones potenciales para su política: costo de limpieza, no hacerse autogoles o simplemente respetar los gustos de clientes que no quieren cierto tipo de comidas dentro. El cine bien podría estar optando por privilegiar los gustos de personas que dejarían de ir al cine si comienza a oler a chaufa o pollo a la brasa. ¿Quién le da derecho a elegir a ellos ahora?

Vale la aclaración de que los cines no tienen por qué justificar sus medidas. En Perú, por lo menos antes de esta decisión de Indecopi, se entendía que era el Estado el que tenía que justificar su intervención, no al revés. Salvo algunas excepciones como la discriminación (racial, etc.) yo no tengo por qué tener buenas razones. En principio, somos libres de hacer lo que se nos de “la realmente gana”, como diría Rossini. ¿Está mal eso? 

¿Cómo afecta esto al mercado?

¿Subirán los precios de las entradas? Quizá, no sé en verdad cuánta gente (que no lo hacía antes) comenzará a llevar su propia comida al cine. No sé cuánta gente dejará de ir al cine porque ahora será un lugar incluso más hostil para los usuarios “quisquillosos” que nos les gusta el celular prendido, que hablen o que huela a comida. No sé cuánta gente comenzará a ir porque ahora será más barato llevar su propia comida. No sé cómo reaccionarán los cines (por ahí leí una idea ingeniosa: que cobren por “derecho a meter comida” como los restaurantes cobran derecho a llevar tu propio vino).

La verdad, más que preocuparme los efectos, me preocupa el tema en principio, incluso más que otras normas que tienen un impacto mayor en la Economía: en este caso estamos demostrando (tanto las autoridades como la población) nuestro desprecio al libre mercado. Ese mismo mercado que nos da opciones de ir a cines super modernos, ese mismo no nos interesa que sea pisoteado. Mañana, ¿cuál será el nuevo negocio que será pisoteado sin justificación? No lo sabemos. Lo que sí sé es que un país como Venezuela no se construye (o destruye) de la noche a la mañana y tampoco con decisiones con impacto mínimo como ésta, sino con ideas y las ideas que estoy leyendo en estos días son potencialmente destructoras de una economía libre.

 

 

 

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